Rab. Rodrigo (Afro) Remenik

El Eterno dijo a Moshé y Aharón: Ésta es la legislación que ordenó el Eterno. Di a los hijos de Israel que te traigan una vaca rojiza íntegra y sobre la que no se haya puesto yugo. Denla a Elazar el sacerdote quien la sacará del campamento y la hará degollar en su presencia. Elazar el sacerdote mojará su dedo en la sangre de la vaca y rociará el frente del Tabernáculo. Luego quemará la vaca, su cuero, su carne, su sangre y sus excrementos. El sacerdote tomará un bastón de cedro, hisopo y tinte carmesí y los echará al fuego donde se quema la vaca. […] Y un hombre puro recogerá las cenizas de la vaca , las guardará en un lugar puro fuera del campamento, para la congregación de los hijos de Israel, para el agua de la expiación. Bemidbar 19:1-9

La Parashá Jukat trata de un mandamiento único y misterioso: la vaca roja. El ritual que implica la quema de una rara vaca roja y la utilización de sus cenizas para purificarse de la impureza por haber estado en contacto con un muerto, suscita muchas preguntas. Este ritual, que parece tan imposible, nos recuerda la profundidad de la dificultad y la complejidad de ciertos actos en nuestra realidad. La impureza más grave, según la tradición, requiere una purificación excepcional que a veces parece imposible.

La dificultad del mandamiento de purificación de la impureza de la muerte nos recuerda las discusiones sobre el perdón del filósofo franco-judío Jacques Derrida (1930-2004). Derrida sugirió que el verdadero perdón se pone a prueba precisamente en los casos más difíciles, incluso imposibles. El perdón verdadero, según él, es paradójico: se requiere cuando el acto a perdonar es imperdonable. Al igual que el mandamiento de la vaca roja, la exigencia de perdonar actos que están más allá de cualquier perdón nos exige un acto sobrehumano, una acción que parece imposible. Este es precisamente el perdón verdadero: la capacidad de perdonar más allá de lo que nos parece posible.

En los crueles actos del 7 de octubre y en la consecuente guerra contra Hamás, nos enfrentamos a atrocidades imperdonables que afectan lo más profundo de nuestros corazones. Las acciones de terrorismo y violencia, incluida el secuestro de rehenes, nos despiertan una ira y un dolor indescriptibles. La pregunta que se nos plantea es si alguna vez podremos perdonar estos actos. ¿Podremos encontrar en nuestra humanidad y en nuestro deseo de vivir en paz la fuerza para hacer lo imposible, como nos recuerda la Parashá? Esta es una pregunta abierta, que nos exige pensar en un futuro en el que el perdón y la reconciliación quizás se vuelvan posibles… a pesar de todo.

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