ILÁN ROSENTHAL
Podríamos contar Jánuca como siempre la contamos.
Como la historia del milagro extraordinario.
Como la victoria del pequeño sobre el grande.
Como la luz que vence a la oscuridad.
Esa historia existe.
Es parte de nuestra memoria colectiva.
Y no necesitamos negarla.
Pero quizás –al menos por un momento– vale la pena detenernos y preguntar algo distinto:
¿y si Jánuca no fuera, principalmente, una historia de fuerza…
sino una historia profundamente humana?
¿Y si, más que celebrar una victoria espectacular,
Jánuca nos invitara a mirar cómo se vive cuando no hay garantías?
Encendemos la vela sabiendo que el mundo no es un lugar protegido.
Sabemos del azar.
Sabemos del águila que sobrevuela.
Sabemos que la fragilidad no distingue méritos
ni escucha explicaciones.
La llama es pequeña.
El viento existe.
No hay promesa de inmunidad.
Y aun así, encendemos.
No para conquistar la oscuridad,
sino para habitarla sin rendirnos.
Jánuca no celebra la victoria del fuerte,
sino la persistencia de lo frágil.
La obstinación humana de seguir encendiendo
cuando todo podría apagarse.
Y esa elección —encender— no ocurre en un templo ni en un momento extraordinario.
Ocurre en casa.
En medio de la rutina.
En un día que no se detiene.
Jánuca es una fiesta extraña.
No exige descanso.
No interrumpe el trabajo.
No separa el tiempo sagrado del tiempo común.
Se inscribe dentro de la vida tal como es.
Y precisamente ahí reside su profundidad.
Encender una vela en un día ordinario
es un acto de conciencia.
Es decir: este día también importa.
Esta vida, con su fragilidad y su complejidad, también merece atención.
Desde esta mirada, la luz de Jánuca no irrumpe:
acompaña.
No elimina la oscuridad:
la reconoce.
No es una luz de poder,
sino una luz de responsabilidad.
Responsabilidad de seguir siendo humanos
en un mundo que a veces empuja a endurecerse,
a simplificarse,
a elegir bandos claros.
Porque la historia de Jánuca, cuando se mira de cerca,
no fue una historia simple.
No había solo dos lados.
Había, al menos, tres maneras de estar en el mundo.
Había quienes se asimilaron por completo al mundo helenístico,
atraídos por su belleza, su racionalidad, su apertura.
Había quienes reaccionaron cerrándose,
levantando muros para proteger lo propio.
Y estaba la mayoría:
quienes vivían en tensión.
Con un pie en cada mundo.
Amando su tradición y, al mismo tiempo, abiertos al mundo que los rodeaba.
Esa tensión no es un error.
Es una condición humana.
Vivir entre mundos es preguntarse constantemente:
¿quién soy?,
¿qué valores me sostienen?,
¿qué no estoy dispuesto a perder?
Los Macabeos hicieron algo decisivo:
se definieron.
Dijeron: esto somos.
No para imponerlo a otros,
sino para no disolverse.
Definirse no fue cerrarse al mundo,
sino encontrar un punto firme desde el cual estar en él.
Porque solo quien sabe quién es
no teme abrirse.
Solo una identidad segura
puede dialogar, debatir, contrastarse
sin romperse.
Aquí Jánuca deja de ser una historia antigua
y se vuelve una enseñanza viva.
Nos recuerda que no toda controversia es una amenaza.
Que el desacuerdo no es sinónimo de traición.
Que el verdadero peligro comienza
cuando dejamos de hablar
y empezamos a silenciar.
No necesitamos una unidad falsa.
Necesitamos solidaridad.
La unidad exige acuerdo total.
La solidaridad exige permanecer juntos,
incluso cuando no pensamos igual.
Esa también es una luz de Jánuca.
Una luz que no grita.
Que no aplasta.
Que no vence.
Una luz que se sostiene.
Por eso encendemos por quienes ya no están,
y también por quienes están,
pero viven bajo el vuelo del águila.
Encendemos por los ausentes
y por los presentes vulnerables.
Encendemos porque la vida es tensión:
entre mundos,
entre certeza y duda,
entre presencia y pérdida anticipada.
Porque vivir no es resolver,
sino sostener.
Y este mensaje no es solo colectivo.
Es íntimo.
Cada uno, en algún momento, entra a un mundo nuevo.
Nuevas relaciones.
Nuevas influencias.
Nuevas miradas.
Y ahí la pregunta vuelve, silenciosa pero insistente:
¿quién soy yo?
Jánuca responde sin palabras:
recuerda tu luz.
No para imponerla.
Para serle fiel.
Porque para brillar no hace falta parecerse a otros.
Hace falta claridad.
Definición.
Memoria de los propios valores.
Una vela no ilumina porque sea grande,
sino porque sabe arder desde lo que es.
Y mientras la llama tiemble —aunque sea poco—,
sabremos que encender sigue siendo un acto de humanidad.
Esta es la Jánuca que estamos eligiendo vivir.
Una Jánuca menos épica y más honesta.
Menos triunfal y más humana.
Una Jánuca que no promete respuestas,
pero ofrece presencia.
Encendemos no porque el mundo esté resuelto,
sino porque no lo está.
Encendemos porque creemos
que en un mundo de ruido,
una pequeña luz consciente
sigue siendo un gesto profundamente significativo.
Esta es la Jánuca que estamos eligiendo vivir.
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