Cuatro nombres, cuatro significados.

Ethel Barylka


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Shavuot, la fiesta de las semanas, que responde al conteo de las 7 semanas del Omer.

Zman Matan Torá – el tiempo de la entrega de la Torá.

Jag Hakatzir – la fiesta de la cosecha del trigo.

Jag Habikurim – la fiesta de las primicias, que eran llevadas al Templo en este día.

Cuatro nombres, que destacan dimensiones diferentes de una misma fecha.

La mayor parte de nuestras fiestas han gozado de énfasis diferentes en distintos momentos de nuestra historia. La falta de la Tierra de Israel en los largos siglos de exilio aminoró las connotaciones agrícolas, mientras que el retorno a la tierra, y la narrativa sionista colocaron, de manera natural, el foco en ella.

Supongo que, así como me pasó a mí, muchos han crecido con las canastas de frutas y las diademas de flores, que tradicionalmente acompañaban la fiesta de Shavuot.

Saleinu al ktefeinu rasheinu aturim… cantábamos y cantan los niños en el Jardín de Infantes, repitiendo al unísono lo que en español sería: Nuestras canastas sobre nuestros hombros, de todos los rincones vinimos, traemos bicurim (primicias). Desde Judea y de Samaria, desde el valle y desde el Galil …  cantaban y no había entonces cuestionamientos políticos…

Allá por los 60, cuando Israel apenas cumplía 15 años y yo estaba en el Jardín de Infantes, el ethos jalutziano era el paradigma central del joven país. Los jalutzizm habían secado los pantanos, batido a la malaria, sembrado en el desierto, y los judíos después de largos siglos de exilio, volvíamos a trabajar la tierra con nuestras manos.

Las canastas de frutos recreaban las primicias – los bicurim – que eran llevados al Templo de Jerusalén, y nadie pensaba que era adoctrinación religiosa. Era la fiesta del campo, y cada kibutz y cada moshav se convertía en un pequeño altar de alegría en el que se exhibían no solo los frutos de las cosechas, sino los animales recién nacidos y los bebes. La satisfacción por los logros del esfuerzo era inmensa y se respiraba en el aire.

Cuatro nombres, cuatro significados.

Muchos jardines de infantes, descubrí hace poco, tanto en Israel, como en la diáspora continúan con la tradición, por no decir con la inercia, de que los niños vistan coronas de flores y lleven canastos de frutos…  así los carteles y las ilustraciones en los libros de textos y en los afiches de propaganda de los lácteos.

Israel ya no vive en esa modalidad agrícola, el trabajo de la tierra ha quedado en manos de trabajadores extranjeros, tailandeses, o de los pobladores árabes de los territorios de Gaza o Cisjordania… de los poblados beduinos del sur del Neguev.

Me pregunto: ¿Cuál es el sentido de perpetuar una tradición nacida de una narrativa que hace rato dejó de ser actual? ¿Cuál debería ser el mensaje entonces? ¿Aún podemos evitar hablar de la entrega de la Torá como si estuviéramos en los años 60? ¿Quién se beneficia de semejante omisión? ¿Qué se gana y qué se pierde? ¿Cuáles serían las imágenes que deberían de quedar en la retina de los niños judíos del año 2024? No sé si tengo todas las respuestas. Pero me incomoda perpetuar una imagen de lo que no es.

En los últimos meses he viajado numerosas veces con un grupo de voluntarios de mi ciudad, al Otef Aza, para intentar ayudar en la recolección de frutos, en la cosecha de hortalizas, en la limpieza de los herbajes que crecen molestando el crecimiento de las vides…  una y otra vez he sentido la maravillosa sensación del contacto con la tierra que en días tan difíciles me ha permitido respirar. Mi terapia personal. Conectar con la tierra y con mi tierra, me ha dado algo de luz en estos terribles meses. Sin embargo, una y otra vez aparece la pregunta. ¿Dónde están los agricultores? ¿Dónde quedó la mano de obra hebrea? ¿Cómo puede ser que el trabajo se haga con mando de obra extranjera? ¿Somos agricultores o terratenientes? ¿Cómo es que en plena guerra se importan productos agrícolas de Turquía, desentendiendo la crisis de la agricultura israelí? Muchas preguntas, mucho silencio.

Buscando respuestas para este Shavuot, viene hacia mi Rut, el libro que leemos en Shavuot. Tal vez a través de él logremos un mensaje más equilibrado de esta fiesta.

Rut, la triplemente vulnerable, por mujer, por pobre, por extranjera nos reta a dejar las fantasías idílicas y volver a la realidad. ¿Cuántas Rut duermen en las calles de nuestras ciudades, esperando no los deshechos de la cosecha, sino los deshechos de las basuras de las grandes ciudades? ¿Cuántas desposeídas han encontrado su Boaz, que las redima de su espanto, de su pobreza, de su otredad y diferencia para integrarlas al pueblo?

“Adonde tú vayas, iré, y donde tú mores, moraré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios” dice Rut, la moabita, la abuela de rey David, que no caduca a lo largo de los siglos. Rut, que nos insta a volver a descubrir nuestra apatía e indiferencia hacia al extranjero y hacia el converso.

Rut, la moabita, tiene clara la relación Pueblo-Dios-Tierra.  Todas juntas son destino y propósito. Cada una un ángulo del triángulo, “un cordel de tres hilos no se rompe fácilmente” (Kohelet 4:12) Independientemente de que hilo o que ángulo cada uno enfatice, más allá de cada postura personal.

Rut nos recuerda que la Torá no es solo entregada, sino recibida. Que el equilibrio de los ángulos es fundamental para evitar caer en fascismos y/o en mesianismos. Esta semana recibiremos la Torá que es patrimonio nacional, que no le pertenece a ningún grupo o sector.  La Torá, en su sentido más amplio, destino y misión, brújula moral que marca el horizonte hacia el cual caminar como individuo y como pueblo. La Torá que solo puede ser válida si es voluntariamente escogida y no impuesta. El espíritu ético que nos desafía constantemente en nuestra humanidad y en nuestro ser nacional. Sin ese eje ético, carecería de sentido todo nuestro esfuerzo. No queremos ser como otros, queremos ser quienes somos, aún si es a veces pesado el desafío.

Hoy, deberíamos permitirnos celebrar juntos nuestra herencia y nuestra visión de futuro.

CategoryDestacados, Shavuot
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