
Ilan Rosenthal
Tu Bishvat suele llamarse “el año nuevo de los árboles”.
La frase suena amable, casi decorativa.
Pero si uno se detiene un poco más, descubre que esta fecha no es inocente.
Es incómoda.
Porque Tu Bishvat no celebra a la naturaleza.
Nos interpela.
Durante siglos fue apenas una fecha técnica: contar frutos, ordenar ciclos, poner límites al uso.
Y tal vez ahí esté su profundidad.
No nació como un canto espiritual, sino como una pregunta práctica:
¿qué hacemos con aquello que crece más lento que nosotros?
El árbol introduce un tiempo que no es el nuestro.
No coincide con la prisa, ni con el rendimiento, ni con la urgencia.
Un árbol no vive para sí.
Crece para otros.
Siempre para otros.
Hay una vieja historia en el Talmud (Ta’anit 23a) que lo dice con una claridad desarmante:
un hombre planta un algarrobo que dará frutos dentro de setenta años.
No lo hace para sí.
Lo hace porque cuando llegó al mundo encontró árboles que alguien más había plantado antes.
Esa es toda la ética.
Nada heroico. Nada excesivo.
Responsabilidad intergeneracional en su forma más simple.
Y aquí me acompaña una idea de Joaquín Araújo que no se me suelta:
el árbol es, quizás, el ser vivo que más contribuye a la continuidad de la vida.
Sostiene el aire, regula el agua, hospeda mundos enteros, crea suelo, ofrece sombra y tiempo.
No conoce el atajo.
No responde a la ansiedad.
Su sola existencia nos enseña que vivir no es acelerar, sino permanecer.
Y, sin embargo, no siempre hemos sabido leer así nuestra relación con la tierra.
El lenguaje bíblico habla de “dominio”, y esa palabra ha sido usada demasiadas veces como permiso.
Permiso para explotar, para someter, para apropiarse.
Pero Rav Kook advirtió con fuerza que ese dominio no puede leerse como tiranía:
no es el poder de un gobernante duro sobre súbditos;
es una responsabilidad moral frente a una creación que no nos pertenece.
Por eso la Torá misma corrige el impulso.
En Bereshit no solo aparece el “dominio” de Génesis 1;
aparece también la segunda voz, la que pone límite y dirección:
el ser humano es puesto en el jardín “para trabajarlo y preservarlo” (Bereshit 2:15).
Trabajar y cuidar.
Usar y guardar.
No todo lo que podemos hacer está permitido.
No todo lo posible es legítimo.
Y aquí me ayuda una intuición central de Hans Jonas:
la ética moderna ya no puede basarse solo en la intención o en el presente,
porque nuestro poder es demasiado grande.
Cuando la capacidad de intervenir se vuelve descomunal,
la obligación moral es anticipar consecuencias,
pensar en los que no están,
cuidar aquello que no podrá defenderse después.
Si tenemos poder de afectar el futuro, tenemos deber hacia el futuro.
Hay un midrash en Kohelet Rabá que lo vuelve casi insoportablemente claro.
Imagina a Dios mostrando al ser humano el mundo y diciéndole:
mira qué bellas son mis obras.
Cuídate de no destruirlas,
porque si lo haces, no habrá quien las repare después de ti.
Ese texto rompe una ilusión muy moderna y muy cómoda:
la idea de que todo se arregla.
Que siempre habrá una solución técnica.
Que la tecnología llegará a tiempo.
No necesariamente.
Hay daños que no se corrigen.
Paisajes que no vuelven.
Tiempos que se derriten sin ruido.
El calentamiento global no solo derrite hielo.
Derrite el tiempo que creíamos estable.
Nos roba glaciares que conocimos, estaciones que ordenaban la vida, referencias que nos daban suelo.
Y frente a eso, no somos dueños ni reyes.
Somos los últimos responsables.
Aquí es donde Tu Bishvat deja de ser una fecha y se vuelve una postura.
Cuidar no nace del cálculo, nace del asombro.
Lo recordó con fuerza Heschel:
cuando todo se vuelve medible, todo se vuelve utilizable.
Y cuando todo se vuelve utilizable, algo esencial se pierde.
El asombro es lo que pone límites.
Es la capacidad de mirar el mundo y reconocer que no es solo recurso,
que hay en él una profundidad que no nos pertenece del todo.
Sin asombro, el conocimiento se vuelve instrumento.
Y el instrumento, tarde o temprano, hiere.
Por eso no se conserva lo que no se ama.
Y no se ama lo que no se conoce.
Conocer, amar, respetar, conservar:
como dice Araújo, no como eslogan, sino como una cadena frágil.
Cuando se rompe un eslabón, el daño aparece después.
La conservación no empieza con un decreto,
empieza con una mirada que se deja tocar.
Plantar un árbol.
Bajar la velocidad.
Renunciar a un poco de comodidad.
Aprender a mirar antes de usar.
Tu Bishvat no nos pide salvar el mundo.
Nos pide algo más exigente y más humano:
no dañarlo cuando aún está vivo.
El mundo no nos pertenece.
Pero nos fue confiado.
Y lo que se recibe en confianza,
no se explota.
Se cuida.
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