Palabras del rabino Eyal Iashfe en una manifestación en la ciudad de Modiín, Israel, al encender la séptima vela de Janucá el 20.12.2025

Primero, quiero compartir con ustedes una vivencia especial.
Esta semana nos reunimos, en el marco de una iniciativa municipal llamada «Modiín 360», para una velada de historias de Janukiot. Éramos comunidades y sectores completamente diferentes: laicos, reformistas, conservadores y ortodoxos. Vimos que es posible realizar eventos conjuntos incluso entre personas que piensan distinto. No buscábamos la unidad, pero buscamos y encontramos solidaridad. Fue muy emocionante y nada obvio.
Estamos aquí esta noche ante la séptima vela de Janucá. Janucá es una festividad de luz y oscuridad. De lealtad y traición. De «nosotros» y «ellos». Quizás ha llegado el momento de detenernos un momento y preguntarnos qué había realmente en el corazón de aquella lucha, y qué de ella es relevante para nosotros hoy. Esta división dicotómica revela un miedo: el miedo al helenismo (la influencia cultural griega).
Así nos enseñaron: el helenismo es una maldición que nos amenaza. Los helenistas son quienes renuncian a su identidad, quienes se sienten atraídos por una cultura extranjera, los que pierden el camino.
Sobre esto se dice en nuestras fuentes: ¡Ipuj, Guta, Ipuj! (¡Al revés, Guta, al revés!). Solo quien no está seguro de su propia identidad teme abrirse a otras identidades; teme ampliar horizontes y desarrollarse por miedo a perder lo propio. Quien cree en su camino no teme abrirse a otras formas de pensamiento y crecer a partir de ellas.
Si hubiéramos vivido entonces, en los días de los Macabeos, la mayoría de nosotros habríamos sido «helenistas». No traidores, no asimilados; simplemente personas que viven en un mundo abierto. Hablando, leyendo y escribiendo también en griego. Estudiando nuevas ideas. Expuestos a una cultura amplia y profunda.
El mundo helenístico era entonces lo que Occidente es hoy: un mundo de comercio, ciencia, filosofía, deporte, teatro, literatura y también de diálogo y debate. Un mundo que te invita a pensar, a elegir, a hacer preguntas y a criticar. Esa cultura, la helenística, no se quedó «afuera». Se filtró en todos nosotros, incluso dentro del judaísmo.
Tomen por ejemplo el Séder de Pésaj: nos reclinamos, bebemos vino, hacemos preguntas, mantenemos un diálogo intergeneracional. Esto no es casualidad. No es un ritual caído del cielo. Es un ritual construido dentro de un mundo cultural abierto, helenístico, dialógico. El Séer está diseñado bajo la clara inspiración del Simposio griego, que se originó en la antigua Grecia, se perfeccionó y fue adaptado para nuestro Séder.
Del Séder aprendemos que no hay preguntas «tontas», que está permitido investigar y exigir respuestas. Está permitido y es digno pensar diferente. «Ma Nishtaná» (¿Qué es diferente?) no es solo una pregunta educativa; es una postura cultural.
De aquí nace la cultura de la controversia (Majlóket). No una controversia para destruir, sino una controversia desde la responsabilidad. Una controversia entre seres humanos que creen en su verdad y que, por lo tanto, no temen contrastarla con otra verdad.
Aquí llegamos al corazón de la historia de Janucá. Los Macabeos no solo lucharon contra extranjeros. Cuando la controversia interna los asustó, dejaron de hablar y así degeneraron en una guerra civil. Esa es la lección que no debemos olvidar.
No todo debate es una amenaza. No toda controversia pone en peligro la existencia común. El verdadero peligro comienza cuando una parte intenta silenciar a la otra.
De los griegos aprendimos que el debate no es una debilidad; que nuestra posición se fortalece cuando se enfrenta a la crítica. Que una visión verdadera no teme al enfrentamiento de ideas. Y de los Macabeos aprendimos a dónde conduce el miedo a la controversia: no al silencio, sino a la violencia.
Y esa amenaza vuelve a nosotros hoy. A veces implícita, a veces explícita: «Si insisten, habrá una guerra civil»; «Si no ceden, el Estado se desmoronará».
Y nosotros decimos aquí esta noche: No.
No renunciamos a nuestros valores humanistas. No renunciamos a la democracia. No renunciamos al derecho de sostener una visión sionista humanista, incluso cuando genera controversia. Quien cree verdaderamente que su camino es justo no amenaza: debate, intenta convencer, se enfrenta a la crítica.
No necesitamos una unidad falsa. Necesitamos solidaridad civil. La unidad exige que estemos de acuerdo en todo. La solidaridad exige que permanezcamos juntos, incluso cuando no estamos de acuerdo.
El diálogo que se nos requiere hoy no es un diálogo de decisión teológica, sino un diálogo civil. Como en la antigua Grecia, se basa en el enfrentamiento abierto de ideas y en el valor de preguntar. Y al mismo tiempo, como en la tradición de nuestros Sabios (JAZAL), está comprometido con la vida común, la responsabilidad y los límites del poder. Es un diálogo que no busca anular la controversia, sino gestionarla sin violencia y sin miedo.
Y por eso estamos aquí. Para permanecer de pie. Para no rendirnos. Para defender el país en el que queremos vivir. No nos asustan las amenazas. No huimos de la controversia. Defendemos nuestros valores.
Janucá es la fiesta de la luz. Y esta es la luz de Janucá a mis ojos: no una luz de fuerza, sino una luz de responsabilidad. La luz de una sociedad que no teme a la controversia y que no renuncia a sus valores: con calma, con perseverancia y con valentía.
Para terminar, quisiera decir una bendición de Janucá con el espíritu del judaísmo laico humanista, tal como la escribió el Rabino Sherwin Wine, fundador de esta corriente en EE.UU. a principios de la década de 1960:
Bendita sea la luz en el mundo. Bendita sea la luz en el ser humano. Bendita sea la luz de la libertad y la igualdad. Bendita sea la luz en Janucá. ¡Amén!
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